Entre el ruido del mundo y el propio silencio.

Leyendo el evangelio de este domingo, he entrado en un pequeño estado de introspección del cual surgieron unas cuantas preguntas más. Jesús nos lanza una pregunta incómoda y directa: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Ante ella, tenemos la opción de desenmascararnos y alejarnos un poco de la masa para así poder llegar a nuestro «Yo», a nuestra verdad. Escucharnos a nosotros mismos, sin agentes externos, nos permite generar nuestra propia condición sin alejarnos de la propia sociedad ni de nuestros enlaces. Al fin y al cabo, somos un todo.

Si miramos esta cuestión desde la filosofía, podemos ver que los propios pensadores existenciales defendían nuestra libertad para definir quiénes somos, más allá de lo que la sociedad espere de nosotros. Y es que cuesta la vida encontrarse a uno mismo sin condicionar nuestra persona junto con el mundo.

Sin embargo, mirando libros sobre cultura científica, nuestra biología parece llevarnos la contraria: somos química. ¿Por qué digo esto? Porque la ciencia nos dice que estamos programados genéticamente para buscar el refugio del grupo, para ser «la tribu». Ahí mantengo yo mi duda, ya que mi cristianismo me ha ayudado a poder generar mis propias decisiones e incluso indecisiones. El caso es: ¿y si me alejo demasiado de la sociedad?

Seguimos. Cuando nos reunimos en comunidad y celebramos, el cerebro se inunda de oxitocina —la hormona del apego— y de dopamina —la hormona del placer—. Evolutivamente, la fiesta y el grupo garantizaban nuestra supervivencia; de eso se encargan la antropología evolutiva y psicobiología.

Pero, ¿es esto una verdad absoluta para toda clase de personas? ¿Realmente todos estamos hechos para diluirnos en la masa? Aquí es donde yo apelo a mi condición, donde la neurociencia moderna nos invita a matizar.

La química cerebral no funciona igual en cada individuo. Hay personalidades con una inclinación biológica diferente: las personas introvertidas o con alta sensibilidad procesamos los estímulos de otra manera. Demasiada interacción, los entornos masificados o el simple exceso de ruido ambiental saturan los receptores de dopamina, agotando rápidamente la energía. Para nosotros, la «tribu» puede llegar a ser un espacio abrumador en lugar de un refugio.

Os comento un poco sobre estas sustancias químicas:

La dopamina (el estímulo): Las personas sensibles tienen los receptores de dopamina muy finos; con un entorno tranquilo ya tienen suficiente y, si hay demasiado ruido, su cerebro se desborda y se agota.

La oxitocina (la empatía): Es la hormona que une al grupo, pero hace que las personas sensibles absorban las emociones de los demás de forma tan intensa que los grupos grandes las desgastan. ¿Tendrá que ver con las neuronas espejo?

El cortisol (el estrés): Se dispara automáticamente cuando hay mucho caos o ruido a nuestro alrededor, actuando como una alarma que nos genera ansiedad y la necesidad de huir a un sitio tranquilo.

Y sí, todo esto es real. Lo puedo corroborar, y no con estudios, libros o documentos… sino, simple y llanamente, con mi propio ser.

A veces, este verano, me ha tocado experimentar esa misma sensación: la dificultad de encajar en entornos ruidosos o colectivos donde el ritmo de los demás satura los sentidos. Y aunque uno termine acoplándose y encontrando su lugar sin pasarlo mal, la experiencia deja una gran lección.

Volviendo a la pregunta del domingo, quizás la verdadera identidad no consista en dejarse arrastrar por la corriente del grupo. El misterio humano habita en nuestro propio equilibrio. Somos seres sociales que necesitan de la comunidad para sobrevivir, pero también individuos únicos con derecho a buscar el silencio, a regular nuestras propias hormonas y a responder a la vida desde nuestra propia y tranquila individualidad. Pero cuesta. Como os puse más arriba, cuesta la vida, y ese es el camino de nuestra propia existencia. No somos solo el resultado de una tribu; somos la respuesta libre que decidimos dar ante ella.

(A lo largo de este escrito os he ido dejando algunos enlaces de interés sobre la neurobiología y la alta sensibilidad, y para cerrar, os comparto el enlace a la famosa charla TED de Susan Cain, autora del libro «Quiet»: El poder de los introvertidos en un mundo que no para de hablar. Muy interesante para quien guste).

Con esto os dejo mi presencia en este escrito, y con ello os agradezco vuestro tiempo para conmigo.

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