La herencia del silencio.

Las pesadillas están ahí, en el vacío…siguen…noche tras noche.Intento escapar, intento alejarme del mal, pero no puedo.En estos momentos estoy sentada, al pie de la cama.Acabo de recibir una gran sacudida; desperté en el vacío.En estos momentos no sé lo que pienso.«¿Quién puedo ser en realidad?», me digo.


Veo luces centelleantes en la oscuridad, eso es lo que mi ser percibe; mi cabeza parece que va a estallar.

Otra vez los miedos de la verdad.
Vuelvo a pensar:

-No lo entiendo-; mamá me dice que las pesadillas no son reales, que no están ahí.

Suspiro mientras clavo la mirada en el techo, dejando que el silencio de la habitación me envuelva. Mi madre quiere que crea en su mundo de colores, pero aquí, a solas, sé que las sombras tienen mucha más fuerza que sus palabras.

Sigo pensando en medio de la oscuridad, viendo cómo se van alejando esas luces centelleantes tan molestas. Me vuelvo a decir:

«Las pesadillas son reales; tan reales como la vida misma».

Pero son percibidas desde otra perspectiva, la cual se adelanta en el tiempo para poder comunicarse; otras veces se estanca, intenta solucionar lo que está ahí fuera. O… en realidad… lo que está aquí dentro.

«Bueno… —me digo—, estoy aquí».No me queda otra que pensarlo; no me queda otra que vivirlo.Al poco, oigo unos golpes en la puerta al unísono de unas palabras:

—¿Mireia? ¿Mireia, estás bien?

Es mi madre; una mujer alta y hermosa, con una elegancia tan natural que parece la misma ante un extraño que ante su propia hija.Tenemos un cierto parecido, sus ojos son diferentes y algunas de sus facciones, pero un parecido incesante.Le respondo cogiendo todas las fuerzas que en este momento me quedan:

—Sí, mamá. Estoy bien.Un silencio breve y Marian, mi mamá, me contesta:—Mireia, voy al mercado a comprar para la cena de Navidad. Ponte tus mejores atuendos para esta noche, ¿vale?

Sus palabras son melancólicas, con una dulzura tan suave que invita a querer ser tan feliz como quiero creer que lo es ella.

Sí, eso pienso; me asombra que aún tenga fuerzas para seguir adelante, que finja esa alegría cada mañana. Mamá intenta que no sufra, construye paredes de cristal para que la realidad no me roce, pero es inevitable. El dolor no se puede ocultar tras una cena de Navidad o un vestido nuevo cuando los escombros siguen cayendo dentro de mi cabeza.

Y sí, también estoy pensando que en estos momentos estaréis un poco perdidos, ya que, si no retorno al inicio, nunca lo entenderíais.

Bueno, empiezo un poco tarde. Lo hago desde aquí, desde este rincón donde me encuentro, y quizás debería contaros el porqué de mi inestable ánimo, el porqué de mis abundantes pesadillas: el porqué del «no» a la vida.

Es duro, pero siento querer decirlo; siento querer contarlo para así poder dejarlo volar; necesito dejar volar este sentimiento de rechazo hacia mi propio ser.


Estamos en el final de la Guerra, o eso nos quieren hacer creer; yo, es lo que pienso, pues no veo cambio por ningún lugar.

Quizás haya cambios en algún país de nuestro particular y grosero mundo; este que, sin él quererlo, lo han hecho cambiar, lo hemos hecho cambiar.

Sé que para el mundo la guerra termina con un tratado, pero para mí no terminará mientras esta mesa siga teniendo sillas vacías.

Hace unos cuatro años tenía una familia y creía ser feliz, pero nunca supe descifrar la oscuridad sin miedo a caer. De esos años a esta parte, poco a poco, sus ausencias nos han ido alejando sin quererlo;nos han ido silenciando sin saberlo.

Éramos una familia bastante común: yo, con diecisiete años; mi hermano, dos años mayor que yo; una hermosa niña de cinco añitos como hermana menor y, por último, pero no con menos valor, mis papás.

Vivíamos en un rincón del mundo donde el invierno no perdona; un lugar de frío extremo donde el río parece detenerse y la carretera se pierde entre campos vacíos. Nuestra casa era sencilla, de esas serviciales que aguantan el tiempo, protegida por una valla de madera a la que ya le faltaban trozos, como si ella también hubiera empezado a rendirse.

¿Te lo puedes creer? Solo quedamos mi mamá y yo. Esta guerra ha hecho añicos mis proyectos de futuro; planes donde, por supuesto, estábamos todos.


Primero, mi hermano mayor tuvo que irse a cumplir lo que llaman un «favor a la patria» —esa patria tan querida por la que se supone que tendría que dar la vida— y, tal como temíamos, así fue.

No pasó ni un año cuando recibimos esa frágil e indeleble carta. Sí: uno menos en la familia. Llantos y más llantos por toda la casa.



Cogí a mi hermanita en brazos y me la llevé a mi dormitorio. Pusimos un poco de música e intenté sumergirla en otro mundo, uno más animado.

En esos momentos, las dos conseguimos alejarnos de la realidad: reíamos con ganas e ilusión, cantábamos con fuerza y tesón. Nos quedamos dormidas de puro cansancio, la una agarrada a la otra; parecíamos madre e hija; y así era como yo la quería. Era mi pequeña niña, aquella que, en un golpe de infortunio, perdió su vida por un capricho.



Una mañana de domingo, papá se marchaba como algunos otros —no todos, según el bullicio que escuchásemos—. Papá salía a comprar el periódico, unos churros y un poco de leche para brindar por una familia unida; unida a pesar de la masacre construida ahí fuera, y a pesar de la masacre construida aquí dentro. Mi hermana pequeña, Yoselin, se encaprichó en salir a la calle con él y, después de leves discusiones entre mis padres, cedieron a que la llevaría; incluso prometió volver antes de lo previsto.

Marcharon. Mi padre entró en la vieja tienda, rodeada de muros y fachadas destrozadas por las bombas que mis frágiles oídos tanto escuchaban en la oscuridad. No soltaba a su pequeña de la mano ni por un segundo, sabiendo que ella era muy despierta y que todo lo quería analizar.

A lo lejos, unos niños jugaban con las piedras y los restos ya prensados. El silencio abarrotaba la ciudad mientras los chiquillos disfrutaban de su libertad.

¡Papá! ¡Papá! —le decía Yoselin mientras él leía el periódico—. Papá, quiero ir a jugar con esos niños.

Ella intentaba soltarse, pero mi padre no se inmutaba; la agarraba con tal fuerza que ni un tanque la soltaría. Entonces, Yoselin comenzó a llorar y la gente empezó a murmurar. Cada vez se acercaban más personas a la tienda, hasta que el tendero le comentó a mi padre:

Déjala ir un poco con los niños; están disfrutando lo que en años no pudieron. Además, la guerra ya terminó, no tengas miedo.

Mi padre se lo pensó por un momento. Analizó la calle desierta y visualizó a los niños correteando por ella. Finalmente, cedió y le dijo a la niña:

Está bien, te dejo jugar un poco con esos niños, pero no te alejes del lugar ni te separes de ellos, ¿de acuerdo?

Yoselin, que no cabía en sí de gozo, saltaba y chillaba:

¡Sí! ¡Sí! ¡Papi, te quiero!

Y así, marchó corriendo a jugar a la calle

Entonces ocurrió. Un muro inestable, debilitado por los bombardeos, cedió de repente. En un segundo, las risas se ahogaron bajo una nube de polvo y escombros, y mi hermana se quedó allí, bajo el peso del olvido, bajo el peso de la sombra.

Todo estaba en tranquilidad, en ese momento el silencio agravó la situación; mientras tanto, los periódicos hablaban del fin de la guerra; esa guerra que mi hermanita tuvo en su vida: nació en ella y murió en ella. Ni rosas pudo nunca ver, ni campo, ni paisajes, ni el silencio con su calma.

Esa historia la contaba mi papá todos los días en casa, con lágrimas en los ojos que no cesaban ni con cariño ni con palabras. No pudo soportar más la pérdida de mi hermanita; nunca logró quitarse el peso de la culpa de los costados. Y así fue todo hasta que, hace unos meses, un chiquillo vino corriendo a la puerta de nuestra casa.

Mi mamá y yo estábamos allí, sentadas en nuestras sillas bajo la brisa de la primavera. Él no había podido más; papá eligió el mismo silencio que Yoselin. En ese preciso momento, nos enteramos de su muerte.

Ahora, mientras escucho los pasos de mi madre alejándose hacia el mercado, entiendo que el silencio de esta casa es el único traje que nos queda. Ella comprará comida para una cena de Navidad en la que faltan demasiadas voces, y yo me pondré mi mejor atuendo para ocultar que, por dentro, sigo enterrada bajo el mismo polvo amarillo que se llevó a Yoselin.

Me levanto de la cama. El sol de invierno entra por la ventana, pero las luces centelleantes siguen ahí. He dejado volar mi historia, tal como quería, pero el peso en los costados… ese peso, creo que ahora me toca cargarlo a mí.

Estamos en tiempos crueles para la humanidad; no me puedo creer que, a día de hoy haya gente inocente perdiendo su vida por personajes encaprichados en su dictatoría, que piensan tener el poder de la Vida Humana controlada. ¿Qué está ocurriendo?, me pregunto ; sabiendo que no soy nadie, sabiendo que nunca me pondría ni a mí ni a mis seres queridos en el lugar de la gente que está sufriendo por estas masacres. Ante la inmensa crueldad del mundo, mis manos carecen de magia y de luz para cambiar la realidad. Solo me queda el testimonio de mi impotencia, de mi ignorancia. Solo puedo ofrecer esta pequeña historia, un relato hecho con el pensamiento puesto en las familias que están perdiendo su existencia, la de sus seres queridos, esas familias, que si ellos quererlo, lo están perdiendo todo, ya que para recuperar los desechos intermos se necesita toda una Vida.

Espero os guste mi relato, y con gusto leeré los comentarios al respecto. Gracias a tod@s.

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